Abel Fleury, obra completa
Comentario de la profesora Nelly Menotti
Ricardo Rojas en su Historia de la Literatura Argentina afirma que " la pampa ha logrado manifestarse en un ensayo de civilización propia, pues ha creado un tipo humano representativo de su ambiente, ha modelado costumbres de adaptación a su medio... ha trasuntado su emoción nativa en músicas y caracteres de creación literaria... Pues las tierras pueden entrar de dos maneras en los dominios de la cultura: o sirviendo de tema objetivo al arte y a la ciencia, o transformando su propio espíritu en el alma de sus hijos representativos”.
Abel Fleury, el autor que Sergio Moldavsky ha seleccionado para esta grabación, y al que ofrece el homenaje de su talento interpretativo, centralizó su producción en distintos materiales pertenecientes a esa pampa inspiradora que detalla Ricardo Rojas.
La búsqueda explícita de un lenguaje sonoro que reflejase el alma nacional, fue aspiración de la progresista generación del 80, a fines del siglo XIX. En un país consolidado con el aporte de caudalosas corrientes inmigratorias, esa tarea resultaba fundamental e imprescindible para preservar su idiosincrasia y sus tradiciones vernáculas.
Surgieron así cantos y danzas que trascendieron la cepa hispánica para afirmar su expresión genuina y afianzar sus propios valores estéticos.
Fleury asumió las características, módulos y definiciones del espectro fónico criollo, y volcó su fibra musical en formas netamente camperas o de las orillas bonaerenses.
Un ceñido repaso biográfico nos informa que Fleury nació en Dolores, provincia de Buenos Aires, en 1903 y falleció en 1958.
Su vocación artística encontró el cauce adecuado en la guitarra y el maestro Domingo Prat, quien imponía en Buenos Aires los principios de la escuela de Francisco Tárrega, guió sus estudios reconociéndole “grandes condiciones de instrumentista”.
Abordó con seriedad obras del repertorio universal e inició una trayectoria interpretativa que lo llevaría a frecuentar círculos musicales de América y Europa. En sus conciertos incluía partituras de Bach, Weiss, Paganini, Sor, Albéniz, Tárrega, Ponce y sus propias transcripciones de diversos autores.
Dedicó especial preferencia a compositores latinoamericanos; el uruguayo Fabini, el boliviano Caba, el venezolano Lauro o el brasileño Lorenzo Fernández.
En la década del 40 alcanzó una popularidad extraordinaria a través de su actuación en la antigua Radio Belgrano en un programa que compartía con el recitador Fernando Ochoa. Mientras el actor desgranaba los versos de los poetas gauchescos o los relatos de Yamandú Rodríguez o Claudio Martínez Paiva, Fleury, con sus temas folklóricos, brindaba el marco sonoro en calidad de solista o al frente de su afiatado “escuadrón de guitarras” que él mismo creó y dirigió.
Pero fue su condición de autor la que aseguró la perdurabilidad de Abel Fleury.
Sus obras provienen de una de las grandes áreas étnico-culturales en que se divide el país y definen su perpetua alianza con elementos patrimoniales de la región pampeana.
Fleury supo fusionar la sugestiva belleza del paisaje sureño, la vastedad de sus llanuras, el sortilegio de su vida bucólica, la evocación de un tiempo pastoril en que la guitarra era el instrumento esencial para transmitir los ecos de voces surgidas de la tierra.
Sus composiciones enlazan giros propios del folklore con sencillez y elegancia, con una rítmica clara, sostén de una línea melódica que se explaya con fluidez mediante ideas breves y variadas.
Supo captar la melancolía que subyace en especies de marcada raíz emotiva como la vidalita, el triste, la tonada o el estilo.
Son páginas de fino lirismo, íntimas y expresivas. El Estilo Pampeano captó la admiración de sus colegas; obra emblemática es la más difundida y ejecutada de su amplio catálogo, solo “Milongueo del Ayer”, que aborda la frescura y vivacidad de la milonga logró una expansión semejante.
Otras especies populares, paradigmas de la vertiente nacionalista inspiraron a Fleury; el gato, la chacarera, la huella o el pericón, danza ésta simbólica, de linaje patriótico que en una versión plena de colorido, mantiene los valores que le son inherentes.
En “Mudanzas” recreó acertadamente el malambo, danza viril que pone a prueba la destreza de los bailarines. Como bien lo describe Ricardo Güiraldes en su “Don Segundo Sombra”, “las mudanzas adquirieron solturas de corcovo, comentando en sonantes contrapuntos el decir de los encordados”.
Las milongas que compuso Fleury son, indudablemente, páginas que revalorizan un género rural y urbano. “La definición de milonga - dice Carlos Vega - sobre todo en las pampas, se extiende a cierto género de composiciones formadas por unos pocos acordes punteados que nuestros campesinos ejecutan con deleite innumerables veces, monótonamente, seguidamente. En realidad, estas milonguitas son acompañamientos solitarios, sin melodía; pasatiempos punteados, algunos muy bellos, ingeniosos y hasta complicados. Pueden servir, es claro, como fondo del canto, pero así solas, constituyen una verdadera especie”.
A Fleury le era particularmente grata esta forma musical de la que exaltó sus características rítmicas peculiares, sus cadencias, inflecciones y acentos.
Otras zonas del país afloraron en su producción pero en menor cantidad.
Su música perdura, lozana e intacta, a pesar de los grandes cambios y las convulsiones estéticas que signaron el siglo XX, porque Fleury encontró su camino en los modelos de la tradición y, con claridad de metas, elaboró una literatura sonora que enriqueció el repertorio guitarrístico.
Nelly Menotti
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